Me acerqué a la ventana de la habitación. A través de la cortina de lluvia que empañaba mi visión y el cristal, divisé a un par de figuras de pie en la acera contraria a la que ocupaba el hotel donde me hospedaba. Lo recuerdo bien: era uno de ésos días lluviosos en los que las nubes eclipsan al sol y sus rayos por completo, creando una penumbra que cobijará gotas y gotas, que caen como lágrimas de un amante despechado, desde el cielo.
Me fijé en las figuras de la acera. Comenzaban a moverse. Una de ellas, una chica de baja estatura con un gran bolso colgado del brazo y el cabello recogido en una coleta; y la otra, una chica alta con el cabello tan largo que le llegaba hasta la cintura. No podían ser más diferentes entre sí.
En eso, otra figura hace acto de aparición, no muy lejos de allí. Era un hombre corpulento, tanto por los músculos que supuse que tenía como por la ancha chaqueta de piel que llevaba. Debía de ser su padre. O tal vez un amigo. A punto estaba de cerrar la ventana, correr las persianas y volver a dormir, cuando se escuchó un grito proveniente de las chicas. Me giré rápidamente, justo a tiempo de ver cómo la alta le propinaba una bofetada al corpulento y la otra atinaba a golpearlo en las costillas con el bolso gigante. Luego de esas magníficas maniobras de defensa personal, corrieron cruzando la calle. El hombre de la chaqueta de piel intentó levantarse del piso y darles alcance, pero varios autos pasaron en fila, sin ayudarlo a lograr su cometido. Vaya, las chicas habían tenido suerte.
Y ahora, tendrían aún más.
No hacía falta pensarlo mucho: mi madre siempre nos había insistido a mí y a mi hermano que debíamos ayudar al prójimo, entonces...¿por qué no empezar con éstas dos chicas? Si el cielo te da limones, haz limonada. Si el cielo te da a dos chicas, ve a por las chicas. No era un pensamiento muy acertado, pero pasar tantas horas en compañía de mi hermano me había embotado el cerebro.
-¡Oigan, chicas!-las saludé con la mano. Se hallaban a una cuadra de distancia de la puerta principal del hotel, así que me les acerqué, abriendo un paraguas y blandiendo un par en la otra mano-¿quieren pasar al hotel?-les pregunté, en cuanto las alcancé.
Una, la más alta, se notaba desconfiada.
-¿Quién eres?-preguntó, mirándome de arriba abajo.
De seguro no le parecía muy atractivo con el cabello alborotado y vistiendo un pijama.
La otra, en cambio, me dedicó una rápida sonrisa y reprendió a la alta: -¿Qué te importa quién es? ¡Lleva una sombrilla! Por mí podría ser Michael Jackson o Roberto, a mí me daría igual.
-De hecho, llevo tres-les ofrecí los otros dos paraguas, y cualquier duda que hubiera asaltado a la chica alta, la abandonó ante la perspectiva de recorrer el camino hasta el hotel sin mojarse.
-¿Quién eres?-preguntó una de ellas. Yo iba al frente, encabezando nuestra pequeña marcha, así que ni siquiera volteé cuando musité:
-Soy Bill.
-Bill...pues yo soy Helena y ella es Anna, mi gemela dicigótica.
-Un placer conocerte-dijeron a la vez.
Wow...no me esperaba eso. Supuse que al escuchar mi nombre intentarían ver mi rostro y gritarían "¡Eres Bill Kaulitz, el vocalista de Tokio Hotel!". Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación de que no me conocían anteriormente, de que podía ser yo mismo y me juzgarían por eso y no por algo que leyeran en un tabloide sensacionalista.
Al llegar al hotel, sugerí que subieran a mi habitación, secaran las chaquetas mojadas y tomaran algo caliente, pero a juzgar por los semblantes de ambas, debieron malinterpretarme. Intenté por todos los medios explicar que mis intenciones eran mansas, humildes y castas y, tras el veredicto de la gemela de menor estatura, decidieron subir. Supuse que en todo caso, si yo fuera un violador o algo así, podían acabar conmigo en un instante, como habían hecho con el grandulón de antes. -Bienvenidos a mi hogar durante...vaya, algún tiempo-reí, abriendo la puerta de mi habitación al tiempo que les indicaba que entraran primero-¿desean beber algo?
-¿Tienes vodka ruso?-preguntaron ambas, sonriendo.
El escucharlas hablar a la vez me asustó un poco. Tal vez así debíamos sonar Tom y yo cuando coincidíamos en una que otra frase.
-Creo que...no, no tengo vodka ruso-dije, dando una rápida ojeada al minibar-pero puedo prepararles chocolate caliente.
-Eso estaría bien-coincidieron de nuevo.
Algo conmocionado, me dirigí a la cocina. Aunque la llamaba "habitación", la verdad es que era como un departamento, ubicado en el penúltimo piso de aquél hotel. Saqué una botella de leche del frigorífico y la puse a calentar en una olla sobre la estufa.
Era ella, estoy seguro...
En cuanto entré en la habitación y me topé con sus orbes de obsidiana supe que era ella.
-¿Puedo colocar música?-preguntó una voz, desde la sala. No tenía ni idea de cuál de las dos preguntaba, pero no importaba demasiado.
-¡Claro!-contesté, sacando tres bolsitas de chocolate instantáneo de la alacena.
Enseguida, una melodía conocida invadió el ambiente de ésa habitación, que hasta ésa noche había sido una trastornada parada de amores frustrados.
-¡Oye, Lena, es la canción que sonaba en la radio y te ha dejado pringada!
-Es hermosa...-y añadió, en un susurro-tiene buen gusto.
-Gracias-contesté, volviendo a la sala.
La llamada Helena se sonrojó un poco, pero no pude admirar más su rostro porque me dio la espalda, sentándose en el sofá más grande y cerrando los ojos mientras tarareaba aquella melodía.
La llamada Anna se acercó a mí, sonriendo.
-¡Pero qué departamento tan lindo tienes! Lena tiene razón, tu gusto es excelente. Hasta tienes su música favorita.
-¿Ah, si? ¿Te gusta esa nueva banda de rock?
Helena abrió los ojos con lentitud y me miró, antes de responder con un susurro.
-Me encantan, a pesar de que es la primera canción que escucho de ellos. No pude olvidar esa voz, la reconocería de inmediato.
Y sin embargo, no la has reconocido en mí-pensé para mis adentros. Por supuesto, era algo que no pensaba confesar esa noche: todo iba muy bien, y era la primera conversación sincera que había mantenido con alguien que no formara parte de mi familia en mucho tiempo. Incluso a ellos tuve que mentirles varias veces, sobre mínimos detalles: mi vida amorosa, mi estado de ánimo...
-¿Qué tanto piensas?-me preguntó Anna, acercándose tanto a mí que su nariz y la mía estuvieron a dos centímetros de separación durante un peligroso segundo.
-No demasiado-respondí de inmediato, abandonando a Anna y tomando asiento al lado de su gemela.
Anna se sentó al otro lado de Helena, y comenzó a tararear la melodía mientras su hermana pasaba a tamborilear con los dedos sobre su rodilla cubierta por los tejanos. Ahora que podía apreciarlas bien, no me parecían gemelas de verdad.
Una era alta y rubia, otra era morena y bajita, una llevaba Jimmy Choo, la otra Converse, una llevaba un microshort, la otra llevaba tejanos, una exibía un escote en v, la otra usaba una camisa ajustada en la que leí "Vampire Love".
-¿Nos comparas?-preguntaron a la vez, inclinando sus cabezas sobre sus hombros derechos.
-No, es sólo que...
-¡Nos comparas!-gritaron riendo, y adoptando posiciones más relajadas.
-Sí, ya sé que no tenemos nada en común...-comenzó Anna.
-...pero somos las mejores amigas desde siempre, así que...-interrumpió Helena.
-...nos llamamos gemelas-concluyeron ambas.
Por un momento, pensé en Tom, que de seguro dormía placenteramente varias habitaciones o departamentos más allá. No podía privarlo de ésta maravillosa experiencia.
-Chicas, ¿me disculpan un momento? Enseguida vuelvo.
Ambas asintieron graciosamente con sus cabezas y salí presuroso de la habitación, en busca de mi hermano gemelo. Dos gemelos antagónicos para dos amigas antagónicas. Perfecto.
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